Nosotros los toros

Esta serie está dedicada especialmente a mi maestro Edmund Valladares, quien me ha dado las herramientas plásticas para poder expresar a través de un lenguaje propio, mi personal manera de ver el mundo que nos rodea. Una serie dividida en tres actos que, al igual que Saturno, pone en manifiesto nuestro comportamiento auto devorador y destructivo.

Utilizando la tauromaquia como el espejo de un animal convertido en bestia, en destructor y en su propio verdugo, donde a veces muere el toro, otras veces el torero y otras veces los caballos, la serie nos pone de frente a nuestras propias miserias.


Acto I: La Metamorfosis

Grito, pero un grito sordo. Seco. La oruga se come a la mariposa. Una metástasis que transforma la carne. La retuerce. La piel se hace cruel. Nos sepulta. Nos retiene.  El zumbido en la oreja estremece. Ese estremecedor y familiar zumbido. Los latidos arrítmicos excitan. El sopor llega y sabe amargo. Una mirada feroz y un aliento bestial que busca saciar una boca reseca de deseo que se ensancha. El interior ya no alcanza. Se encoge. Como martillos contra la cara interna del pecho, los puños se abren paso. Las costillas se parten. La espina dorsal se joroba. Nos pone de cara al suelo. Imposible recordar lo que nos gusta. Y el cuerpo mismo, se convierte en recuerdo. Ya nada palpita, no siente. Solo el grito, pero un grito carnal. Empapado.

Acto II: La Ira

Ojos con dos pupilas que quieren matar. Tu misma naturaleza te quiere matar. Todo un circo montado para justificar tu rabia. Esa feroz baba amorfa que contagia un sin sentido voraz a la razón que lo deforma todo. Los dientes se vuelven primitivos, desgarradores. Las manos cargadas de resentimiento. De ambiciones crueles, malintencionadas. Mutilan los pensamientos con brutalidad. Los aplastan. Ese bestial apetito que hay que saciar. La codicia. Y todo un accionar belicoso que cagas desde lo alto. Los cuerpos se vuelven partículas que se mezclan con esquirlas y resto de asfalto. El aire se tiñe de oscuro y huele a carne quemada, es ese sutil instante el que divide la vida de la muerte.

Acto III: La Muerte

Parecería que llega de modo inesperado. Pero la has estado llamando desde el primer día. Siempre para que conozca a otros, siempre como aliada. Pero no entiende de favores. No entiende de moral, de ética, de compasión. Pero sabe que la han llamado, y eso es irreversible. De a poco el silencio va ganando terreno. Solo unos pocos latidos más y el tiempo se habrá ido. Ya puedes soñar que duermes. La ferocidad te abandona y te deja tirado sin despedirse siquiera. Desde mañana susurrara el oído de otro. Le dará cuerda al ciclo y las pirañas comenzarán a mirarse entre ellas.